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La semana pasada cuando iba camino a casa, mirando hacia el fondo de una de las calles, vi por primera vez las montañas Atlas, unos picos, al parecer nevados, que sobresalían detrás de los edificios y casas.  Me sorprendió mucho, porque no sabía que estaban tan cerca.  Días después, las volví a ver desde varias terrazas en la medina, y aunque no se veían completamente claras, sí contrastaban con el color naranja terracota que se ve en toda la zona.

El domingo pasado tuve la oportunidad de visitarlas.  Se organizó un viaje hasta la zona de las montañas Atlas Alto para que conociera el lugar, visitáramos algunos hoteles de la zona y camináramos en medio de la naturaleza y de algunas aldeas berebere.  Los bereberes son un grupo étnico del norte de África, que forman gran parte de la población de Marruecos, tienen su propio idioma, diferente al árabe y vienen de la zona de las montañas Atlas principalmente.

Al salir de Marrakech, nos encontramos con un paisaje árido, hasta que empezamos a subir las montañas y el paisaje iba cambiando notablemente. Como aún estamos en invierno, la vegetación no está muy verde, aunque poco a poco el verde empieza a aparecer. Visitamos un hotel, con vista a un pequeño cañón y a varios pueblitos enclavados en las montañas, algunos de ellos de antiguos judíos y que sus casas parecen casi perderse con el color de la tierra alrededor, casi todas en diferentes tonalidades de arcilla.

De nuevo sentí emoción al ver los picos nevados al fondo, muy cerca. Y también la sentí al pasar por el lado de un riachuelo con mucha actividad alrededor y ver muchos camellos, mulas, burros, pocos caballos y mucha gente; era como un parador en donde va la gente con sus familias a pasar el domingo.  Y la sentí en muchos momentos durante el día.  Para mí, no hay como esa sensación de ver un lugar por primera vez.

Paramos en una aldea llamada Imlil, en donde nos encontramos con nuestro guía para iniciar la caminata.  Al salir del pueblo, llegamos a una zona rocosa, con muchos árboles de nueces (walnuts), muy viejos y con formas bastante interesantes. Aproveché para abrazar uno de ellos y así conectarme con la tierra de este país que será mi hogar durante los próximos… niideacuantos años, in sha ala (si Dios quiere).

Al lado había un riachuelo bañando las rocas del lugar.  Seguimos subiendo, pasando frente a algunas personas vendiendo diversos productos de la tierra: especias, cosméticos, aceite de argán, nueces, algunas frutas y muchas piedras y fósiles; hasta que llegamos a una cascada pequeña, que parecía ser el punto final para muchos de los excursionistas del día, el lugar para las fotos, las selfies, grupos jugando cartas al lado del agua, un puestito de naranjas (con las naranjas sumergidas en el agua para enfriarlas, imagino), y en general, la gente tocando el agua, parecía ser lo principal, sentirla cerca; lo cual tiene mucho sentido en esta zona tan desértica y en especial en este año, que ha habido muy poca lluvia en la época de lluvias.

Continuamos nuestro recorrido, subiendo, encontrándonos con una que otra mula, muy utilizadas en la zona para la carga, desde productos agrícolas, hasta personas que no pueden llegar caminando a su destino (o les da pereza), y en ocasiones equipaje, que así llega hasta el hotel que visitamos.  Llegamos hasta el lugar que nos recibiría para almorzar, un Kasbah muy antiguo, con mucha historia, que se encuentra dentro del Parque Natural Toubkal.  Un Kasbah es una construcción de piedra, ésta servía como residencia de verano de un jefe feudal hasta los 80s, y a final de esa década un inglés que se había enamorado de la zona en los 70 y de la comunidad alrededor, lo compró, remodeló y lo convirtió en hostal. Lo más bonito de eso, fue ver que el inglés que lo compró, lo hizo en sociedad con el que fue su guía la primera vez que visitó, de esta forma, beneficia directamente a la comunidad. Y tuve el placer de conocerlos a los dos.

Al llegar, nos rociaron con agua de naranja, que es muy usada en la zona, hasta en los dulces y postres y tiene un olor muy sutil. Antes de entrar al restaurante, nos lavaron las manos echándonos un poco de agua con una jarra, sobre un platoncito. Nos reservaron un lugar en el comedor con una vista espectacular, directamente hacia la montaña nevada.  Nos trajeron primero aceitunas y condimentos (en las mesas marroquíes aparte de sal y pimienta, siempre se encuentra comino). También trajeron y trozos de una especie de mezcla entre tortilla española con pie o Quiche, ya que tenía base de harina, con vegetales.  Luego llegó el Tagine, sabía que era de cordero y cuando lo destaparon pude identificar dátiles, melocotones secos, y tomate, después me dijeron que también tenía cebolla, cúrcuma, comino y no recuerdo qué más.   Una mezcla deliciosa de salado y dulce, así como muchas de las comidas marroquíes.   Al lado una canasta de panes redondos y aplanados, medio cortados en cuatro. Mi colega terminó de cortarlo con la mano, tomó un pedazo y me pasó el resto del pan para que hiciera lo mismo.  Aunque nos trajeron platos y cubiertos, ellos lo comen con la mano, ayudándose con el pan, ya que las comidas marroquíes son comunales. Y como al lugar que fueres, has lo que vieres, pues hice lo mismo (o traté, se requiere práctica).  Se toma un pedacito de pan y se sumerge en la salsita, o con el mismo se va partiendo un pedazo de carne, que usualmente es muy suave, y vegetales.  No tuve que agregarle ningún condimento adicional, porque estaba delicioso.  Al terminar, nos sirvieron té, antes de proseguir a visitar la propiedad, muy linda.

Seguimos nuestro camino, bajando y regresando a Imlil. Al llegar, compramos nueces de la zona y una mantequilla de almendra tan fresquita que aún escurría del molino, mezclada con aceite de argán y miel.  Iniciamos el regreso, deteniéndonos en la ruta para visitar la última propiedad del día, el Kasbah Tamadot, el retiro de descanso de Sir Richard Branson y al parecer uno de los hoteles más lujosos de África y sí, me encantó, allá podría pasar algunos días (a Richard y a mí nos pasa lo mismo).  Nos ubicaron en una terraza para esperar al gerente, que nos mostraría el resto del hotel.  Desde allí veíamos la piscina, el jacuzzi, las sillas de piscina y al fondo, carpitas con cojines en un espacio al que le llaman anfiteatro, en donde, en verano, ubican una pantalla gigante en la noche para ver películas y al fondo fondo, detrás de los árboles, se alcanzaban a ver las puntas de las tiendas (que son las habitaciones más lujosas del lugar). Y para acabar de decorar todo eso, se veía un valle multicolor alrededor, con las montañas de picos nevados al fondo. Parecía una pintura.  La bebida de bienvenida fue un prosseco, un placer esperar de esa forma.

Al finalizar la visita, continuamos nuestro regreso.  Aunque fue un viaje corto, me dejó con ganas de visitar de nuevo, recorrer un poco más la zona, hacer caminatas más largas, y me dio una idea de una de las zonas que se recomienda visitar cuando se viene a Marrakech.

Y así se va esta entrega, dejando aún mucho más para contar, que se va acumulando con cada día que pasa. Gracias por leerme 😊.

Este escrito refleja mi opinión personal en el momento de escribirlo, y como todo cambia, seguramente estas impresiones lo harán una vez vaya conociendo más este país y su cultura.